Esperamos que no os resulte peregrino recurrir al recuerdo de nuestros “profes” favoritos de la infancia. Eran aquellos que por su manera de expresarse convertían la reconquista en una aventura espectacular de líderes guerreros que defendían causas y lealtades. A Newton nos lo presentaban como un tipo muy agudo que demostró que un bolígrafo tarda el mismo tiempo que un piano en caer desde un cuarto piso. O que el maestro mas sabio de Grecia jamás escribió una línea; arrastraba por las calles a sus alumnos gracias a su capacidad para contar las cosas, aun siendo tartamudo y teniendo que chupar una piedrecilla para que se le entendiera.
Aquellos escasos pero inolvidables “profes favoritos” de nuestra infancia, eran tipos que añadían a su labor docente un talento innato y espontáneo de Showman. Una capacidad de convertir la explicación de una materia en un espectáculo apasionante. Algunos, se levantaban de su mesa y deambulaban por la clase obligando a sus alumnos a retorcer el pescuezo 360 grados. Otros, sin moverse de su mesa, practicaban una oratoria capaz de encantar a las serpientes. Los había que sufrían impostados ataques de euforia que les animaba a imitar gestualmente la situación emocional de los personajes sujetos a estudio. Y los que padecían de aparentes arrebatos de elocuencia y se lanzaban a la pizarra para mostrar un esquema, o un dibujo, o una frase que subrayaban una y otra vez hasta que se quedaban sin tiza y les resonaban las uñas.
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